01.03.2016
Autor: Manuel Gahete
HUMANISMO SOLIDARIO: LIBERTAD Y CONOCIMIENTO, PARA NO PERDER EL RUMBO


Si alguien me preguntara sobre el significado de la creación poética, me adheriría a la suspicacia de Theodor Adorno negando a la poesía otro valor de análisis social que el de desbordar precisamente todos los análisis posibles (1). Por ello, y para que sirva de precedente, mantengo con otros muchos, en este carismático milenio, la singularidad irreductible de la poesía, “su diferencia y su modo distinto de pensar, enfrentado a consignas homogéneas o a contenidos estándar..., con la conciencia muy clara de no querer erigirse en adalid de nada ni de nadie” (2). Y precisamente por la virtualidad de sus propuestas no sabemos con certeza qué será más apropiado para el futuro de la poesía: si ese clamor unánime que levanta pasiones desaforadas o el clima íntimo, de verdad acústica, que hacia dentro se cuela.

 

Aunque partamos de la utopía, sería grato pensar que “estamos abocados a un nuevo Renacimiento” (3), a un nuevo humanismo, porque es frustrante el desaprecio intelectual por el trabajo minucioso, y agotador el esfuerzo para retomar las aspiraciones de belleza, verdad y sabiduría que dan sentido a la literatura y, en general, a las ciencias y artes. Nada puede postularse sin el conocimiento que permita la contemplación plural y proyectiva, donde participen en armonía todas las facultades; conocimiento como fin y principio que no excluya realidades ni acote emociones, pero con un sentido claro y declarado de autenticidad y un territorio dialéctico que anteponga lo otro a lo propio. Este sentimiento de fraternidad entiba el ardor de quienes creemos que es ilícito cercenar el derecho natural de los seres humanos a una formación compleja, enriquecedora y complementaria, sin olvidar –y esto es nuclear en nuestra reflexión– que la expresión poética está sometida a su propia esencialidad, a la sistemática de la materia que desarrolla, a los cánones que la designan como original frente a otras concepciones de la actividad y el pensamiento humanos.

 

Si la poesía social falló, en términos globales, tanto ética como estéticamente, resucitar viejos fantasmas raya la decrepitud intelectiva. Lamentablemente nos acostumbramos fácilmente al elogio de las necedades, tanto la que preconiza la utilidad de la poesía frente al placer del conocimiento como la que pondera el frívolo artificio de la fama frente a lo que sabemos significa un lento y tenaz aprendizaje. Y aunque no es misión del poeta ser adalid de nada ni de nadie, como hemos remarcado, sí lo es transparentar en su palabra la libertad de pensamiento, como derecho y deber que nos regala y nos impone nuestra condición humana. El poeta será ahora, como lo ha sido siempre, espectador y transmisor de lo humano, ajeno a cualquier impostura, porque solo en este ámbito común y solidario se preserva la verdadera libertad. Esta especial sensibilidad procura una intencionalidad a su obra y una competencia que no se adscribe a la cultura de masas, aunque de todos y para todos sea.

 

Una doble razón hierve en la sangre, y sus supuestos no deberían contradecirse, aunque de hecho su confrontación haya sido y sea piedra de toque de toda polémica: La libertad del lenguaje y la necesidad del conocimiento. Todo gira en torno a estos dos conceptos ineludibles, ensartados como la uña a la carne, porque no podemos pretender que la poesía sea un proceso vital al que se accede involuntariamente, por natural inercia. Por natural inercia ni siquiera se adquiere la irrefutable conciencia de estar vivo. Todo necesita, al menos, de un sumario aprendizaje que debe ser tan eficaz que nos motive al aprendizaje suntuoso. Quizás sea este, junto al arrojo por lo humano, uno de los grandes retos de la poesía del nuevo siglo. No perdamos de vista esta relación candente: poesía y libertad; poesía y derechos humanos; poesía y vida, sobre todo, vida intelectual.

 

Desde la poesía puede interpretarse el sentido crítico de lo que nos rodea. El poema permite adoptar posiciones frente a los medios de masas, cine, televisión, publicidad, periodismo. El lector se convierte en receptor de un discurso de mercado cuyo fin es captar adeptos. Desde la marginalidad de la poesía podemos encontrar un principal referente de subversión, de alteridad, de propuesta alternativa, en contra a ese lector modelo que promulga la sociedad del pensamiento débil, del pensamiento único. De ahí la cantidad de voces que no aceptan el patrimonio cultural como concepto globalizado, porque entienden, siguiendo a Pierre Bordieu, que la cultura –sustitúyase poesía– es el instrumento de pensamiento libre que permite al ciudadano –llámese lector de poesía– defenderse contra los abusos simbólicos del poder de los que es objeto, los de la publicidad, los de la propaganda y los de cualquier fanatismo político o religioso.

 

No pecamos de ingenuos. La orientación aperturista incontrolada puede provocar un efecto negativo en la creación, ya que huyendo de la imposición y el dirigismo se aboca en la mediocridad, provocada por la escasa exigencia general y gregaria. Siempre es peligroso el concepto de la palabra verdadera y única, noción ajena a la poesía compuesta primordialmente por signos y símbolos interpretables y proclives a la sugerencia. Formas engañosas de lenguaje imponen una mudanza radical de la poesía hacia el escepticismo, la ironía, la procacidad y el cinismo airado, pero es imposible mantenerse vivo si nos acomodamos a las rutinas textuales en las que está ausente cualquier actividad crítica, reflexiva o intelectual (4). Desde la poesía puede buscarse ese lector alternativo, capaz de responder con dignidad a los interrogantes impuestos por esta nueva época egoísta, consumista y cómoda, en la que los valores esenciales quedan aparentemente velados bajo un aire derrotista e iconoclasta; un lector alternativo que se enfrente a la actividad intelectual, cuyo eje primero debe engranarse en la educación, a través del discurso liberador del arte, capaz de articular sistemas de comunicación alternativos, desde la libertad y el placer, desde la crítica y el posicionamiento reflexivo (5). De igual manera que experimentamos un goce íntimo y objetivo ante la contemplación del arte, la lectura de un poema debe asimismo llevarnos a un doble sentimiento asociado de satisfacción y orgullo: satisfacción por la obra realizada y orgullo de pertenecer a la humanidad creadora.

 

Es misión del creador transmitir los valores de la paz, la felicidad, la fraternidad, el gozo físico que se experimenta cuando paseamos al aire libre, contemplamos un cuadro, leemos un poema, mantenemos una conversación con un amigo o nos entregamos a la seducción del amor (6). Porque, indefectiblemente, se trata de un modus vivendi, de una exégesis cíclica que constantemente regresa y avisa sobre la necesidad de vivir, verdadera, íntima, irrenunciable, definitiva. No es una circunstancia momentánea, pasajera, sino una actitud vital que se refleja con distintiva apariencia en cada uno de los seres humanos; hombres y mujeres preocupados por tener la oportunidad irrepetible de vivir según una opción personal no siempre cumplida, y sobre todo con una extraordinaria vocación humana. Porque solo desde el sabio ejercicio de nuestra libertad, estaremos dispuestos a sentirnos más solidarios y más humanos con los otros.

 

Manuel Gahete

 

 

(1) Esperanza López Parada. “Poesía en Hispanoamérica después de las vanguardias” en ABC Cultural, 23 de septiembre de 2000, nº 452, p. 9.

(2) Ibídem.

(3) Rafael Guillén, “La poesía ante un nuevo siglo”, en República de las Letras, Asociación Colegial de Escritores, nº 6 (1999), p. 81.

(4) Luis Sánchez Corral, “El lector modelo en el discurso del mercado”, en Inetemas, Año VII, nº 17 (2000), pp. 4-7.

(5) Ibídem.

(6) Nereida Cuenca, “El amor a uno mismo. Permiso al placer”, en Muface, nº 178 (2000), pp. 40-41.

 

 

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